May 13, 2005

Extraña Inconsciencia

“He escuchado una terrible noticia. Yo, que tantas veces atravesé la Patagonia con vientos cruzados, me imagino el terror que habrán sentido los obreros que han caído al Riachuelo en el vagón del tranvía en que viajaban. En medio de la bruma, el conductor no advirtió que el puente había sido abierto para dejar paso a un barco.” Así narró el escritor Antoine de Saint-Exupéry en su diario personal una de las tragedias más impresionantes del transporte urbano en el país.

En la madrugada del 12 de julio de 1930, un tranvía que llevaba a más de 70 trabajadores de Lanús a la Ciudad de Buenos Aires cayó en el Riachuelo porque el puente que cruzaba de Avellaneda a Barracas estaba levantado, como lo advertían las señales que el conductor ignoró. El diario Crítica afirmó que el culpable era el gobierno, por no mantener suficientes controles. Sin embargo, la investigación posterior corroboró la hipótesis que había esbozado La Nación el día siguiente a la tragedia: que se trató de un error del conductor, que “se comportó como dominado por una extraña inconsciencia”.

Pero ¿qué “extraña inconsciencia” se apoderó de él, que a pesar de las cinco luces rojas que anunciaban el abismo, el señalador eléctrico que no indicaba ‘acceso libre’ y el silencio de la sirena que advertía que no podía pasar, no detuvo la marcha del coche, ni siquiera la aminoró, sino que, según muchos testigos, la aceleró?.

Ese misterio que turbó a la sociedad entera hace 72 años jamás ha sido resuelto. Aunque la investigación se cerró una semana después, el acertijo es más difícil de responder que el primer día: ¿por qué lo hizo? ¿por qué aceleró?.

El tranvía número 75 partió de Lanús pocos minutos después de las cinco. Pertenecía a la línea 105 de la compañía Tranvías Eléctricos Del Sud y efectuaba el trayecto entre Temperley y Constitución. El primero en subirse fue el obrero italiano Remigio Benadusi, uno de los tres pasajeros que lograron sobrevivir. Su testimonio coincide con el de los otros dos sobrevivientes: ninguno recuerda cómo consiguió salir del coche después de la trágica zambullida y todos fueron conscientes de que iban a caer en el vacío dejado por el puente al levantarse.

Como todos los días, Benadusi salió de su casa a las cinco para ir a su trabajo, en los talleres gráficos de la Cía. General Financiera, y ocupó el primer asiento de la izquierda, adelante, pero a poca distancia subieron otros y algo más adelante, varios más. Los asientos se completaron antes de llegar a Avellaneda. Los pasajeros que fueron sumándose se acomodaron como pudieron en el pasillo, en la plataforma trasera y hasta en los estribos “al extremo de que no cabían dentro más personas”.

A esa hora muchos de los obreros que vivían en los distritos del sur iban sus trabajos y el tranvía transportaba casi el doble de su capacidad normal: en lugar de 40, al llegar al puente eran más de 70 los pasajeros que viajaban a la Capital. En Banfield, las vías torcían Beruti y seguían por Pavón (hoy Hipólito Irigoyen) hasta cruzar el Riachuelo por el puente Bosch que pertenecía a la compañía de tranvías. Benadusi dijo que esa madrugada de niebla no notó nada anormal, excepto la velocidad, a ratos peligrosa, que llevaba el coche.

Al llegar a la orilla del Riachuelo, Benadusi se alarmó al oír las voces de mujeres y hombres que esperaban en sus vehículos que el puente levadizo bajara para cruzarlo y que al ver la carrera del tranvía 75 le gritaron para prevenirlo del peligro. Miró hacia adelante y vio que el puente estaba alto. Entonces estalló un grito unánime de los pasajeros que calcularon que ya no había tiempo para la frenada salvadora. Un segundo después, el tranvía perdió contacto con los rieles y quedó en la oscuridad. Los pasajeros, chocando unos contra otros, rodaron en montón por el piso hacia adelante, en medio de horribles crujidos de maderas y de vidrios. Como dando un salto, el tranvía caía, de plano, a las aguas.

Benadusi se acuerda de que rompió el vidrio y del agua entrando a borbotones, luego los rayos del sol fragmentados por los remolinos de la superficie del Riachuelo. Supone que salió por esa ventana. Él y los otros dos sobrevivientes no saben exactamente cómo se salvaron pero tienen grabado en su memoria el terror de ser conscientes de que caerían al agua. Benadusi no oyó el toque de la sirena pero sí vio las luces rojas encendidas que denunciaban peligro.

El jefe de tráfico de la empresa, Manuel Gilli, mostró a los periodistas los diferentes indicios de que el puente se encontraba levantado, que percibieron los pasajeros del tranvía 75. “Vean las señales desde aquí” les dijo a los periodistas. Desde la puerta de la estación de Puentecito se advertían sobre el puente con toda claridad las múltiples señales de peligro en forma que no podían haber sido pasadas por alto. Las luces se mantenían encendidas desde que se levantaba el tramo hasta que volvía a su situación normal. Para Gilli sólo era posible pensar que el conductor hubiera tenido un síncope, alguna “enfermedad imprevista de alguno de sus sentidos, que pagó con su propia vida”.

Pero con el correr del tiempo se comprobó que el conductor no había sufrido ninguna “enfermedad imprevista”. La autopsia reveló que estaba vivo en el momento de caer el coche al agua, que no había rastros de sustancias tóxicas en su sangre y la pericia técnica mostró que no había intentado parar el tranvía pues el freno funcionaba y los demás interruptores también.

El motorista, Vescio (y no “Besio” como figuró en los primeros reportes del caso), era novato. Había hecho los tres meses de prácticas y obtenido su aprobación del examen de conductor hacía sólo una semana. El tranvía, según figura en el expediente,“voluminoso y completo”, llevaba algunos minutos de atraso y para los expertos “si se tiene en cuenta que Vescio era novicio, no es aventurado presumir que haya impreso a su coche una velocidad excesiva, a fin de recuperar el tiempo perdido, creyendo probar con ello su capacidad para el puesto.”

Pero Vescio sabía, había sido entrenado para eso, que debía parar cuando viera las luces encendidas y no avanzar hasta escuchar la sirena. Los pasajeros que él transportaba al notar que el puente estaba levantado, supieron que el tranvía caería y gritaron con horror a coro con los demás testigos de la caída. Sucedió tal como lo había augurado Jorge Luis Borges ocho años antes del accidente, en un poema de 1922 llamado Tranvías: “Carteles clamatorios ejecutan / su prestigioso salto mortal desde arriba”. Múltiples señales y carteles en vano clamaron y en vano se encendieron esa madrugada de 1930 para prevenir al tranvía que ejecutó su salto mortal desde arriba.

Nota de Investigación Histórica. Maestría en Periodismo Diario La Nación - Para Ernesto Castrillón